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A los 23 años, Damián dejó Bélgica, su patria, para ir de misionero a las islas Hawai (Pacífico Norte) donde es ordenado sacerdote. Diez años después, se internó voluntariamente en la isla Molokai, donde el gobierno segregaba a los leprosos. Organizó para ellos la vida social, les devolvió el sentimiento de su dignidad y los contagió con su fe y esperanza. El 15 de abril de 1889, moría consumido por la lepra.
José de Veuster, el futuro Padre Damián, nació en 1840 en Bélgica, en una familia profundamente cristiana. Desde pequeño demostró un gran amor a Dios y a los pobres. A los 13 años tuvo que dejar la escuela para ayudar en los trabajos de la finca. Más tarde, cuando tenía 18 años, su padre lo destinó al comercio de granos y lo mandó, fuera de casa, a estudiar el francés. Allí descubre su vocación. Escribe a sus padres: - Quiero ser sacerdote. Sin más tardar los convence de dejarle ingresar a la Congregación de los Sagrados Corazones. Esta Comunidad, nacida durante la Revolución Francesa, tenía la finalidad de llevar el amor del Corazón de Cristo al mundo y así renovarlo. 2. Vocación misionera Cuatro años más tarde, en 1863, su hermano mayor, religioso de la misma Comunidad y recién ordenado sacerdote, es designado para ir de misionero a las islas Hawai. Pero, habiendo caído enfermo de gravedad, no puede partir. - Quiero ir en lugar de mi hermano. Aunque no ha terminado sus estudios, su ofrecimiento es aceptado. 3. La isla maldita Ordenado sacerdote en Honolulu, a los 24 años, el joven misionero toma inmediatamente posesión de un extenso y difícil territorio misionero en el distrito de Puna al oeste de la gran isla Hawai. Poco después, el gobierno de Honolulu, para detener la epidemia de la lepra, decide recluir a los enfermos, a la fuerza, en una cárcel natural de un promontorio pedregoso y azotado por los vientos, en la isla de Molokai. En 1873, el obispo confía a sus sacerdotes su angustia respecto del infierno en que viven los recluidos. Damián exclama: - Heme aquí. Estoy dispuesto a sepultarme vivo con esos pobres infortunados. Tiene 33 años, la edad en que Cristo murió en la cruz. La semana siguiente, sin más bienes que la ropa que lleva puesta, desembarca en la isla, de la que solo la muerte le iba a librar 16 años más tarde. 4. El cielo baja a Molokai De inmediato pone manos a la obra, armado del poder de la cruz. Sin más recursos que el amor de Dios, un amor apasionado por la vida, por la salud y la dignidad, venciendo el asco que le causa el horrible hedor de las carnes en putrefacción, hace prioritariamente de sacerdote; hombre vigoroso y de inagotable energía física, hace también de enfermero y médico, de arquitecto e ingeniero; y, con más agrado aún, de peón. Consigue el agua potable, levanta bonitas casas pintadas de blanco, promueve el cultivo de la tierra y organiza la vida social. Monta el orfanato para evitar que los niños fueran explotados. Funda el cementerio pues, antes, los cadáveres de los leprosos yacían donde la muerte los encontraba; y convierte los funerales diarios en fiesta. Se identifica con sus pobres enfermos para devolverles el sentimiento de su dignidad: - Nosotros, los leprosos... - les dice- , aunque todavía él no lo fuera En sus prédicas, les habla de su grandeza de hijos de Dios, les comunica la esperanza de una vida mejor: - Nosotros, los leprosos, somos los amigos de Dios; un día gozaremos de un cuerpo nuevo... Poco a poco, bajo su impulso de pastor, el pueblo de los leprosos va organizándose, progresa a nivel material y moral y descubre la dimensión religiosa y espiritual. El secreto de esta entrega y energía inagotables era Jesús al que encontraba en la Eucaristía. - Sin la presencia permanente de nuestro divino Maestro en el altar de nuestras pobres capillas -escribía- no hubiera podido quedarme aquí ni un día. Poco a poco, gracias a su acción, la cruz de Cristo produce el más grande de los milagros: el infierno de Molokai se convierte en paraíso, en antesala del cielo. 5. Leproso con los leprosos Cosa extraordinaria, se siente más feliz que nunca: - Mis párpados empiezan a caer; pronto mi cara quedará desfigurada. Me quedo tranquilo y resignado y hasta me siento más feliz en medio de mi gente. 6. Muerte y repercusiones En sus últimas semanas de vida, ya no puede salir a visitar a sus enfermos; pero ahora son ellos que vienen, llenos de desesperación, a asaltar su casa para verle una última vez. El 15 de abril de 1889, lunes de la semana santa, muere a los 49 años, en medio de los llantos de los que lo consideraban como su padre. |